minería verde

Los mitos de la minería «verde», «sostenible» y «climáticamente inteligente» están ganando adeptos en todo el mundo. Las empresas pintan de verde sus actividades mineras y las presentan como la solución a la crisis climática con el fin de atraer inversores. Promueven los factores Ambientales, Sociales, y de Gobierno corporativo (ASG) vendiéndoles a los inversionistas la promesa de que sus proyectos son y serán rentables en las próximas décadas debido a la urgencia de migrar a energías renovables.

Se recalca frecuentemente la escasez y la alta demanda de estos minerales críticos en un esfuerzo por destacar el rol estratégico que desempeñan para proveer estos materiales claves. Lo que no mencionan son los enormes recursos hídricos y energéticos imprescindibles para su obtención y menos las vulneraciones de derechos humanos de las comunidades que habitan esos territorios ni la contaminación que implican esas actividades extractivas. Son ellas, las comunidades indígenas y campesinas, expertas, académicos y activistas que resisten su expansión y quienes afirman que una transición energética que dependa en gran medida de la extracción de nuevos materiales sin que se planteen preguntas clave como:energía para qué, para quién y a qué coste socio-ambiental no hará sino reforzar las injusticias y la insostenibilidad que han agravado la crisis climática en la cual nos encontramos a nivel mundial.

Una iniciativa del proyecto Atlas de Justicia Ambiental con Mining Watch Canadá y en colaboración con 25 comunidades del continente americano sobre igual número de conflictos mineros viene a resaltar este nuevo auge minero. En forma de mapa interactivo presentaron la semana pasada la más reciente actualización del Atlas Global de Justicia Ambiental. Casos que conforman solo un pequeño extracto de la totalidad de disputas entre comunidades y mineras en la región, parte de un proyecto que se propone ir incluyendo otros casos como aquellos que han sido documentados previamente y cuyo análisis abarca geográficamente  la totalidad del planeta.

El boom minero en el continente americano

En nuestro continente, desde las grandes planicies de Estados Unidos hasta la región del Aconcagua en Chile se asemejan las luchas en cuanto a la disparidad de poder al que se enfrentan las comunidades que se oponen a proyectos impulsados por empresas montadas en el boom de la minería “verde” y cuyas explotaciones en los recientes meses han alcanzado valoraciones sin igual gracias al superciclo de precios de minerales. Justamente la demanda por estos elementos, arrancados desde las entrañas de los cerros para hacer viable las “energías limpias” llamadas así por sus dueños, es lo que ha renovado la codicia por cobre, grafito o litio cuya extracción va de la mano de altos impactos en los territorios de quienes los habitan.

Ahora más que nunca están sometidos a una enorme presión. El Banco Mundial estima que para cumplir los acuerdos de la cumbre del Clima de París, cuyo propósito es limitar el calentamiento global en el umbral de 1.5°C , en los próximos treinta años será necesario extraer otras 3000 millones de toneladas de estas materias, lo que equivale a cuadruplicar la actual producción mundial. Mirado con un poco más de detalle, algunos metales como el cobre verían crecer su demanda al doble de su producción actual, en el caso del níquel se necesitaría seis veces lo obtenido actualmente y la demanda del litio se dispararía hasta 13 veces en relación a la extracción reciente.

Pero, ¿ por qué esa fiebre por tantos metales y minerales?

El parque vehicular estimado actualmente es de alrededor de mil millones de unidades que circulan por el mundo. Sus productores prevén ampliar la fabricación, con tal que de aquí al 2030 sean 2,5 mil los coches que se desplazan por calles y carreteras. Movilidades que en el presente ya han transformado a ciudades como Lima, Sao Paulo, Santiago de Chile o Ciudad de México en intransitables y atochadas megaurbes. Eso sí, los actuales motores de combustión de hidrocarburos serían sustituidos por coches eléctricos y estos requieren seis veces más metales y minerales que los autos convencionales. Así se entiende mejor que la descarbonización del sector del transporte demandarán las mayores cantidades de metales y minerales de la transición energética, sólo superada por aquella requerida para la construcción de las redes eléctricas, Las tecnologías para la generación de energía solar y eólica le siguen en las necesidades materiales.

Cabe aquí la reflexión hecha por el pueblo indígena Shoshone de las grandes planicies en EE.UU que en un reciente comunicado de rechazo al proyecto de mina a tajo abierto “Lithium Nevada Corp” a desarrollarse en su territorio ancestral constató:  “Entendemos que todos debemos estar comprometidos con la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, esta lucha no puede utilizarse como una excusa más para destruir el territorio indígena. No podemos proteger el medio ambiente destruyéndolo.”

¿Cuáles y de dónde se obtienen?

Veamos primero cuáles son estos insumos y qué rol está asignado para esta región del planeta. Si bien se requieren diversos minerales y metales para la transición energética, los seis principales son: tierras raras, cobalto, grafito, níquel, cobre y litio. Todas las estimaciones apuntan al cobre como uno de los metales de mayor demanda para los actuales planes de transición energética, ya que aproximadamente el 76% de la demanda total de cobre (estimada para 2040) se destinará a la construcción de las redes eléctricas que abastecerán las energías renovables.

Para entender mejor dónde se extraen actualmente estos minerales y dónde es probable que se extraigan en el futuro, es importante tener en cuenta tanto la producción como las reservas actuales. De acuerdo al mencionado estudio, el continente americano tiene una posición estratégica al concentrar los seis minerales críticos, especialmente del litio (concentra casi un tercio de la extracción global actual y casi tres cuartas partes de las reservas mundiales) y del cobre (más de la mitad de la extracción mundial).

Las condiciones de la extracción

La minería a gran escala es una actividad de por sí de gran impacto socio-ambiental y es una de las actividades asociadas al mayor número de asesinatos de defensores ambientales en el mundo según Global Witness. Los proyectos mineros están aumentando la presión extractiva en ecosistemas y áreas especialmente frágiles y biodiversas como los salares y la Amazonía sin respeto a los derechos del ambiente y de las comunidades que habitan los territorios, a veces desde hace cientos o miles de años.

A pesar de ser presentados como proyectos mineros “verdes”, la amplia mayoría de esos proyectos no son distintos, en su tamaño, ni técnicas previstas de extracción y procesamiento que las grandes minas ya existentes en el continente para la extracción de minerales.

Impactos en ecosistemas frágiles y (des)protegidos

A vulneraciones ya conocidas en diferentes lugares se suman riesgos adicionales

Muchos proyectos mineros propuestos y en operación avanzan sobre espacios protegidos y en hotspots de biodiversidad, en la Amazonía ecuatoriana, bosques tropicales, en las zonas glaciares de Perú, en humedales designados por Ramsar como en Argentina o en los salares de Chile.

Impactos sobre el agua

La minería -particularmente la del litio- es una actividad altamente intensiva en el uso de agua que amenaza la calidad y la cantidad de agua disponible para las comunidades y los ecosistemas. Mientras las comunidades se enfrentan a emergencias hídricas, las operaciones mineras pueden superar el uso diario de agua de los habitantes de la región, lo que aumenta la presión sobre regiones ya áridas y pone en riesgo la disponibilidad de agua potable. La minería también es una fuente de contaminación del agua. Para producir una tonelada de litio en el salar de Atacama (Chile), se evaporan 2.000 millones de litros de agua, lo que perjudica considerablemente tanto la disponibilidad de agua como la calidad de las reservas subterráneas de agua dulce.

Perú cuenta con yacimientos de un aproximado de 4.7 millones de toneladas de litio y 56 mil toneladas de uranio. Estos fueron hallados por la empresa canadiense Macusani Yellowcake en la provincia de Carabaya (Puno), en actividades exploratorias que no contaban con ninguna certificación ambiental. El área donde se llevarían a cabo las actividades de la empresa Yellowcake se encuentra en la cabecera de cuenca de los ríos Marcapata, Macusani, Inambari y Phinaya. Esta localización permite entender que la potencial afectación no se limita al espacio de extracción local, sino que también puede alcanzar cuencas hídricas y llegar a afectar especies endémicas o en riesgo de extinción.

¿Qué queda? Residuos mineros

Solo una parte pequeña de lo que se extrae es procesada (con grandes cantidades de agua, metales tóxicos y energía) y considerado un metal valioso, lo que queda son desechos de roca y desechos mineros. A eso se suma que a nivel mundial y de la región se observa una disminución sostenida de las leyes metales de los yacimientos mineros, lo que implica que para la obtención de pequeñas cantidades de metales se utilizan crecientes cantidades de recursos. Esto deja un enorme impacto ambiental debido a los productos metales pesados y tóxicos que tienen que ser tratados a perpetuidad. May Dagher, vocera de la coalición de ciudadanos contra el Proyecto Nuevo Mundo Grafito Matawinie (NMG) ubicado en Quebec Canadá explica que para la fabricación de un auto eléctrico de Tesla modelo S, la batería que reemplaza el motor requiere de 73 kilos de grafito, que  contaminan 1220 litros de agua y producen 4.8 toneladas de residuos de minerales sólidos y emiten 0.4 toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Entonces y a pesar de que la estrategia de marketing de NMG presente el proyecto como un ejemplo de minera sustentable, responsable e incluso verde al ser alimentada al 100 por ciento por energías renovables, la realidad es que el tajo abierto proyecta magnitudes de 2.7 km de largo y 240 metros de profundidad desde donde se obtendrán 100 mil toneladas de grafito anuales. En tanto, los depósitos de materiales de desecho ascenderán a 4 millones de toneladas al año o 100 millones de toneladas a lo largo de los 25 años de vida útil del proyecto.Y eso en el centro del mundo industrializado, en una zona donde hasta ahora, empresas y gobierno no tenían necesidad de intervenir. En un paisaje de  lagos y montañas de alto valor por los recursos hídricos y recreativos de una región ecológica altamente sensible que se encuentra entre un parque nacional y otro regional.

Si esto ocurre en el norte global rico e industrializado, no es de extrañar entonces que muchos gobiernos y corporaciones mineras, en su mayoría canadienses y australianas en los casos documentados, estén posicionando la minería como una actividad clave e indispensable para resolver la crisis ambiental impulsando su expansión a territorios cultural y ecológicamente frágiles.

El estudio concluye que el extractivismo global impulsado por la transición energética no es solo ambiental y socialmente injusto, insostenible y violento, sino que está poniendo en riesgo los ciclos hídricos, especies que ya se encuentran al borde de la extinción y ecosistemas sensibles con importantes funciones reguladoras del clima. No hay que desestimar además el efecto acumulativo de los proyectos mineros, pues van minando literalmente las capacidades de resiliencia de estos ecosistemas de importancia vital para la biodiversidad, las posibilidades de cultivar la tierra y mantener el equilibrio del clima.